sábado, 25 de febrero de 2012

Sobre los secretos


Felipe se llevó a la tumba sus secretos de hostelero: toda la pasta horneada que se servía en la ciudad era congelada, toda se preparaba a base de restos y sabía exactamente igual, a canelones.

El paladar del público se dejaba cegar por los pomposos nombres de los nuevos locales, por los litros de vinagre de Módena que aderezaban los platos de toda la vida para ocultar el rancio sabor de las sobras y, sobre todo, por la posibilidad de ensuciarse comiendo, chuparse los dedos después o rebañar el plato con pan y, en ocasiones especiales, con la lengua.

Algunos en el pueblo atribuyen la muerte de Felipe a un complot del gremio de la restauración para perpetuar un modelo de negocio sumamente rentable. Los defensores de la teoría de la conspiración afirman que el burro no llegó a decir todo lo que sabía. Tampoco tuvo tiempo. El municipio, falto de cebada para alimentarlo, lo entregó a un próspero picador de carne a cambio de varios sacos de pienso en previsión de futuros accidentes.

Aquel día, alguien rió a carcajadas cuando preparaba el relleno de su exitosa lasaña y encontró una herradura. 

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